En viveros hablamos mucho de genética, sustratos, riego, nutrición y sanidad. La microbiología suele entrar a la conversación solo cuando “aparece un hongo” y hay pérdidas.
Una planta naturalmente crece junto a un ecosistema complejo de bacterias y hongos. Por lo tanto, tiene mérito que conversemos sobre cómo afecta tanto el crecimiento en vivero como su desempeño en terreno.
¿Qué puede aportar un microbioma funcional?
— Mejorar adquisición de nutrientes y eficiencia en el uso de agua.
— Aumentar tolerancia a estrés (sequía, temperatura, salinidad).
— Disminuir la incidencia de enfermedades por competencia, antibiosis y activación de defensas.
— Mejorar la estructura y agregación del suelo.
Aquí existe un vacío importante en literatura de viveros que ya está tomando la atención en varias partes del mundo: ¿sirve inocular una planta de vivero con un sistema microbiano complejo?, ¿cómo se puede hacer?, ¿qué tanto mejora el desempeño en terreno?, ¿qué consorcios son más efectivos?, ¿cómo se relaciona el microbioma de vivero con el de terreno?, ¿un microbioma inoculado en vivero acelera la sucesión ecológica en sitios degradados?, ¿es posible “pre-adaptar” plantas mediante microbiomas provenientes de sitios extremos?, ¿cuáles son las simbiosis específicas por especie y cuáles son genéricas?, entre muchas otras preguntas de investigación que nos estamos haciendo en Insular.
💡 Dato interesante: existe evidencia de que parte del microbioma se transmite entre generaciones: las semillas no son “estériles”, pueden portar endófitos recurrentes, e incluso se ha explorado si hay transmisión desde el polen hacia la semilla.
